Algo más que tornillos.

Interesante y original forma de rendir un homenaje a todas esas personas que son relegadas de sus funciones, en muchos casos, en contra de su voluntad.

El Destrio

Damián colgó su mono de trabajo, cerró la taquilla y apagó la luz de los vestuarios al salir, como cada día desde hacía ya más de cuarenta años. Siempre era el último. Era su responsabilidad y además le gustaba que fuera así: Dormía mejor sabiendo que todo había quedado en orden y que al día siguiente la preciosa línea de montaje volvería a arrancar, limpia y fiel, para ponerse a parir pernos, pasadores, pestillos para puertas, picaportes y espigas con su martilleo frenético, llenando de vida la nave con esa sinfonía mecánica que había sido la banda sonora de sus últimas décadas.

Disfrutaba de esa hora porque solo había silencio. Sus pasos resonaban en la inmensa instalación mientras se dirigía a la puerta trasera, como cada noche, cargado de horas en la mochila y de olvidos en la fiambrera, apagando cada luz y dándole las buenas noches a las máquinas.

Pero aquella noche iba…

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