Capítulo III, 3ª parte del episodio 1 de Vidas Truncadas

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   —No te creas que será tan fácil, mi padre es muy bueno; pero, también, muy testarudo y como diga una vez que no: ya está todo hablado.

   —Yo, tamién soy mu cabezón, a quién puede más —dijo entre risas y, tras darse varios y apasionadamente besos, apoyados sobre el quicio del portal, se despidieron hasta el siguiente fin de semana.

   El sábado, a eso de las seis y cuarto de la tarde, se presentó en el rellano de la casa de su amada y, tras llamar al timbre, esta fue quien le abrió la puerta de su domicilio:

   —Hola mi niña —dijo al tiempo que hizo un gesto con la cabeza en señal de pregunta.

   —Nada, no hay nada que hacer —susurró—.  Ya te lo dije: él es quien manda y ordena en esta casa.

   Ambos se dirigieron hacia el salón-comedor.

   —Hola, buenas tardes —saludó el recién llegado.

   —Hola Antonio —respondieron a destiempo los padres de ella.

   —¿Te apetece comé algo, hijo? —consultó María.

   —No, gracias. Ya he merendáo en casa antes de vení.

   —¡Anda niña!, sácanos un par de cervezas —indicó Juan a su hija Rosita, la más pequeña—. ¿O tampoco te apetece?

   —La verdá, seño Juan, es que no estoy acostumbrado a bebé.  Solo me tomo un par de cubatas cuando vamos al baile… pero, bástese que usté me la ofrece: la tomaré con mucho gusto.

   Media hora más tarde, justo lo que tardó Mª del Puerto en vestirse y ponerse un poco de colorete sobre las mejillas, un matiz verdoso sobre los parpados y un toque suave de carmín para resaltar los sensuales labios.  —Ella era linda por naturaleza, a la vez que coqueta, cómo cualquier mujer que se precie; pero sin ser excesiva.

   —Bueno, Puerto. Si ya has termináo, ¿podemos irnos? —sugirió, a la par que volvió la mirada hacia el padre de su enamorada—. Seño Juan, ¿puedo pedirle algo?

   Juan puso serio el semblante.

   —Depende de lo que sea…, si es lo que estoy pensando: no pierdas el tiempo.

   —No sé en qué puede pensá usté.

   —Sí es lo de irse al río contigo: no tienes nada más que decir.

   —Vale, vale d’acuerdo, si usté lo dice: no s’hable más.

   —Venga, chavales, a pasarlo bien —se despidió María, asomándose a través de la puerta de la cocina.

   Tras salir de la vivienda la joven pareja.

   —Hay que ver, Juan, lo raro que eres, con lo buen muchacho que…

   Sin dejarla terminar la frase, irrumpió alzando un tono la voz.

   —No toda la gente piensa lo mismo de él.

   —Son una buena familia. Tú mismo me lo has dicho un montón de veces, no entiendo cómo le pones tantas trabas al asunto.

   —A lo mejor, es porque se cosas de él que tú no sabes.

   —Pues, cómo no me las digas, me temo que seguiré igual —arguyó María, tratando de sonsacarle.

   —Hace algo más de tres años, cuando estaba en la mili, quedó embrazada a la hija del capitán no sé qué, no recuerdo su nombre. Eso fue muy sonado en todo Plasencia.

   —¡Ah!, asín que era eso, ¿eh? Pues, te diré que también se dijo que: «la muchacha era un poco despendolá y que andaba con to quisqui».

   —Fuera como fuese no vamos a discutir ahora por eso —razonó Juan, tratando de apaciguar la hostilidad surgida entre él y su querida esposa.

   Una semana después, en la mañana del sábado, bajo los soportales de la plaza.

   —Hola, buenos días consuegro —saludó con tono jocoso, José.

   —Bueno, bueno… eso está aún por ver —respondió son serio semblante Juan.

   —¡Hombre!, ya sé que llevan poco tiempo de novios, pero dejemos que sea el tiempo, el que diga lo que tenga que decí, ¿no lo crees?

   —Sí, así es… ¿Y qué te hace estar tan seguro de tu hijo?… Pues, no hace tanto tiempo, ya sabes lo que pasó en el cuartel.

   —¡Ah!, ahora lo entiendo to... Juan, he de decite que esto es mu distinto. La Puerto es mu formá y él bebe los vientos por ella.

*****

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Gracias por la atención.
Saludos

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