Capítulo IV, 3ª parte del último episodio de Vidas Truncadas

Portada Vidas Truncadas
franizquiero|Vidas Truncadas

 

   En la puerta de entrada al cementerio, Teresa notó que el corazón se aceleraba, que el abrigo le sobraba y aligeró el paso para llegar cuanto antes a la galería Nº 3 y, a través de esta, continuó su camino y, al tiempo que extrajo un paquete de pañuelos del bolsillo del abrigo, con la mirada buscó, en la segunda fila, la posición exacta donde yacen los restos mortales de Manuela, José y Antonio.

   Apenas faltan un par de metros cuando tímidamente comenzó a hacerse notar, al igual que lo hacen las gotas de rocío, las primeras lágrimas; pero esta vez, no eran de dolor, sino por la felicidad que le producía el reencuentro. Con el paso de los años, Teresa ha podido comprobar que el tiempo y solo él tiene capacidad de hacer que el dolor se suavice y convierta en algo llevadero.

   «Aquí me tienes de nuevo cariño mío, ¿creíste que te podrías librar de mí, así sin más? Y no será porque no te lo dije infinidad de veces: que tú y solo tú eras y serías el único amor de mi vida» — dijo sin decir nada, mientras pasaba el pañuelo sobre la pulcra lápida y las fotografías y, a continuación, dando reiterados besos a las imágenes, comenzó a emitir con voz sorda todas las oraciones que había aprendido durante su infancia en el colegio de monjas. Al término de estas, retiró, de entre el exuberante ramo de flores artificiales, la marchita y quebradiza rosa dejada por ella misma, unos meses atrás. El hecho de que los familiares de Antonio la dejen allí hasta ser reemplazada por ella es algo que la hacía sentir bien, además de querida y respetada; aunque desde el instante en que abandonó el sepelio, sin decirles nada, perdió el interés de volver a comunicarse con cualquiera de ellos. En cambio, al que sí visita cada vez que regresa a Plasencia era a Evaristo, ya que este se había trasladado a «vivir» junto a sus vecinos un par de meses después de que lo hiciese Antonio, justo el día de San Fulgencio, el patrón de Plasencia.

   «Bueno, cariño mío. Muy a mi pesar, me tengo que marchar; pero ya sabes que, el autocar al igual que el tiempo siguen su rumbo sin detenerse por nadie» —dijo, y cumpliendo con el protocolo familiar de encuentros y despedidas, condujo sus pasos hacia la salida del Campo Santo.

   Al llegar a la altura del «Arroyo Niebla», giró hacia la derecha y prosiguió con su vuelta hacia la estación de autobuses a través del paseo que comunica el remodelado y cuidado paraje del Cachón y por el reestructurado y bellísimo lugar de esparcimiento por excelencia desde tiempos inmemoriales de la Isla y, al cruzar el puente del río chico, se giró para recorrer con la mirada cada rincón:

   —Hay que ver lo cambiada que está la ciudad —se dijo para sí misma, al tiempo que reanudaba la marcha.

   Diez metros más adelante se detuvo, y, mirando hacia a ambos lados de la travesía de la N-110, tras comprobar que no circula ningún vehículo, accedió a la estación sin importarle que por esa zona estuviese restringido el tránsito de peatones, ya que consideró absurdo el tener que recorrer la distancia que mediaba entre ella y el acceso principal.

   Estando junto al andén, comprobó la hora en su reloj y, en vista de que aún falta media hora para su partida, se acercó a una máquina expendedora, introdujo el importe exacto, pulsó el botón que se correspondía con el botellín de agua y decidió sentarse en uno de los bancos hasta que apareciese el autocar que la trasladaría a su ciudad natal.

   Diez minutos después, din, don, din… din don dín…: «Señores pasajeros, el coche procedente de Sevilla y con destino a Salamanca va a efectuar su entrada en la estación. Así mismo, se comunica a todos los pasajeros que dicho autocar permanecerá estacionado durante quince minutos antes de proseguir con su recorrido».

   Teresa se puso en pie, caminó hacia la máquina de refrescos y sacó una botella de agua para el viaje, a la vuelta, accedió al interior del autobús, se desprendió del abrigo y se acomodó sobre el asiento asignado y, tan puntual como el «Abuelo Mayorga», el conductor accionó el botón de abrir y cerrar las puertas, comprobó por los retrovisores y efectuó la maniobra para continuar con su itinerario.

   Nada más incorporarse a la A-66, Teresa recurrió a algo que se había convertido en habitual cuando se hacía presente el tedio: recordar todas aquellas historias que en su día le contó Antonio y revivir aquellos momentos que ambos compartieron, sin necesidad de tener que suprimir el triste final.

   Sumergida en sus pensamientos llegó a Salamanca sin ser consciente del paso del tiempo ni de los kilómetros recorridos. Al apearse del autocar notó el brusco cambio de temperatura y, subiéndose la bufanda hasta taparse la nariz, comenzó a caminar hacia su casa, erguida y pletórica «Tengo las pilas recargadas hasta la próxima cita, el 1 de noviembre de 2014, si Dios quiere», pensó.

   «La vida en sí, no es más que un espacio de tiempo que independientemente de lo corto, largo, divertido o tedioso que nos pueda resultar: en realidad este no deja de ser efímero», pienso.

Fin

*****

Gracias por la atención.
Saludos

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