Capítulo III, 8ª parte del episodio 18 de Vidas Truncadas

Portada Vidas Truncadas
franizquiero|Vidas Truncadas

 

   Aún faltaban quince minutos para poder visitarle. Teresa y Manuel, junto a la puerta, miran una y otra vez hacía el reloj de pared que está ubicado justo por encima de esta. Ambos no percibían más sonido que, el ralentizado tic tac que el condenado reloj emitía cada vez que transcurría un segundo, el maldito tiempo parecía haber hecho un alto justo en aquellos momentos que notaban como eran detenidos por la nuez sus acelerados corazones…, como si estos tratasen de abandonar sus cuerpos a través de la garganta. La rabia, la impotencia y el miedo se habían apoderado de su estado emocional y estaban al borde de sufrir un colapso, cuando fueron retornados de su abstracción por el leve chirriar que hizo la puerta al ser abierta por la celadora.

   —Ya pueden pasar —indicó esta, sin más.

   Cegados por la desesperación y los nervios se quedaron atónitos al contemplar que al otro lado de la mampara no había nadie…

   —¡Coño! —exclamó Manuel—, ¡Jodé!, como le vamos a , si nos hemos pasao de ventana. Y tras desandar el exceso de camino recorrido, observaron que, a excepción de los cambios que el doctor les había informado apenas media hora antes, Antonio continuaba aparentemente igual que en la visita exterior. Contemplaban la quietud de Antonio en silencio, embargados por la impotencia, cuando, de repente, alertados por el sonido de los monitores observaron que el personal sanitario corría hacia la cama. Unos segundos después, las cortinas eran cerradas sin previo aviso. Teresa y Manuel se fundieron en un abrazo y caminaron hacia la salida sin poder contener la emoción. Al verlos aparecer en aquellas circunstancias, la familia al completo se puso en pie y acudieron a su encuentro: todos intuían el motivo y guardaron silencio entre efusivas muestras de cariño.

   Una hora más tarde, hizo acto de presencia el Dr. García y dirigiendo la mirada hacía la familia, caminó hacia ellos con serio semblante. Teresa le hizo un gesto con la cabeza en señal de pregunta y este asintió un par de veces, al tiempo que le ofrecía su mano:

   —Le acompaño en el sentimiento Teresa —dijo y girándose hacia los demás—: Lo mismo les digo a ustedes.

   —Gracias por su atención y profesionalidad, doctor —logró articular Teresa.

   —En breve será trasladado a otra de las estancias del hospital, allí podrán velar su cuerpo hasta que pasadas un mínimo de 24 horas, como ordenan las leyes, acudan los del servicio funerario y se hagan cargo del cadáver, perdón, de Antonio. El acceso a las instalaciones es por la parte de atrás   —informó el Dr. García dando por finalizada la conversación y el turno de guardia.

   La noticia corrió por el barrio como la pólvora y, a partir de las tres de la tarde, el trasiego de las idas y venidas de amigos, conocidos, familiares, llantos, conversaciones y lloros se adueñaron de las instalaciones mortuorias. Hasta que, a eso de la medianoche, el grupo se redujo a unas treinta personas que se negaban a dejar en soledad a ese ser que durante años habían sentido tan cercano.

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Capítulo III, 3ª parte del episodio 18 de Vidas Truncadas

Portada Vidas Truncadas
franizquiero|Vidas Truncadas

 

14 de noviembre de 1996

   Teresa había permanecido despierta prácticamente toda la noche, caminando en círculos, de aquí para allá, por la deshabitada sala de espera, actuando del mismo modo que lo haría un animal salvaje que acaba de ser enjaulado.

   La incertidumbre y el desasosiego se habían adueñado de su estado anímico. Horas más tarde, extenuada por la lentitud del transcurrir del tiempo, exacerbada por la desesperanza de sus pensamientos y la sensación de que su cabeza podría estallar en cualquier momento…, después de lavarse la cara, las manos y atusarse el pelo en el aseo de señoras que estaba junto a la sala de espera, se dirigió hacia la escalera de emergencias con  la intención de acceder a la primera planta y, tras recorrer un largo y amplio pasillo llegó a cafetería y, como si de un acto reflejo se tratase, introdujo vertiginosamente su mano en el bolso para extraer un cigarrillo, lo encendió y, como si la vida le fuese en ello, inhaló con ansiedad hasta sentir que su capacidad torácica no admitía nada más:

   —Buenos días, señora —saludó uno de los camareros—. ¿Qué va a ser?

   Teresa escudriñó en silencio cada centímetro del local durante unos segundos, tratando de situarse antes de responder, mientras se dirigía hacia el teléfono público que estaba situado al otro extremo de la barra.

   —Hola, buenos días. Sírvame un zumo de naranja, un café con leche, en taza grande, y un par de magdalenas, ¡por favor!

   La UCI (Unidad de Cuidados Intensivos), estaba ubicada en la planta baja del edificio, justo al lado derecho de los ascensores. Estos, además de cumplir con las funciones propias, contribuían a la distribución y el acceso a los demás anexos en dicha planta. A mano izquierda, se hallaba la escalera de emergencias.

   Entre la sala de espera y la Unidad de Cuidados Intensivos mediaba una abatible y blanca puerta, y, en una de sus hojas, un cartel sujeto con cinta adhesiva:

«Atención:

¡Se ruega silencio, por favor!

El pase de visitas para la UCI y la Unidad de Neonatos será:

Mañanas de 12:00 a 12:30h.

Tardes de 16:30 a 17:00h.

Se permiten 2 visitantes por paciente y turno.

¡Gracias!».

   Las nueve en punto, marcaba el reloj de pared cuando comenzó a resonar por todo el almacén un incesante y estridente ¡ring, ring…! Raudo y veloz como una saeta entró, en el pequeño y desordenado habitáculo, un hombre alto, delgado y desgarbado de tez blanquecina; pelo negro, lacio, corto y grasiento. Sobre su cara brillaban unos pequeños y risueños ojos marrones; sus cejas anchas y pobladas; sobre su puntiaguda nariz y sus orejas, de soplillo, descansaban unas enormes gafas de ancha montura y pasta negra (Sus gruesos cristales hacían recordar la parte baja de las redobladas y oscuras botellas de Champán).

   —Carpintería Martínez —respondió, con voz ronca y pausada— . ¿En qué puedo ayudarle?

   —Hola, buenos días ¿podría ponerse Manuel Hinojal? —sugirió con voz trémula.

   —Sí, claro. ¿De parte de quién?

   —Dígale que soy, Teresa, su cuñada.

   —Aguarde un momento, enseguida se pone.

   —¡Muchas gracias, señor!

   Al abrir la puerta que comunicaba la oficina con la zona de trabajo, Emiliano notó, además de un molesto e incesante ruido, un fuerte y desagradable olor… Un par de segundos después, llevándose la mano derecha a la altura de los ojos, a modo de visera, barrió con la mirada todo el almacén hasta localizar al operario, y, tras dejarle un par de minutos, para que terminase de cortar uno de los enormes y rugosos troncos destinados a convertirse en tablones para las obras…, cortó la corriente de la sierra en cuestión. Manuel, extrañado al comprobar que esta había dejado de funcionar, dirigió la mirada hacia el cuadro de mandos y fue entonces cuando se dio cuenta que, el enjuto administrativo, le hacía gestos indicándole, con su mano derecha, que se acercase, que alguien le llamaba por teléfono y, señalándose reiteradamente con su dedo índice sobre el pecho, preguntó. El oficinista asintió un par de veces con la cabeza y ambos dirigieron sus pasos hacia el reducido despacho.

   Manuel era un hombre de unos cincuenta años, estatura media y corpulento. Su pelo corto, rubio y rizado hacía recordar a los estropajos de esparto. Su cara cuadrada; sus pequeños ojos, de un marrón verdoso; sus cejas claras y separadas; sus orejas pequeñas y plegadas. Sobre la derecha, llevaba un lapicero rojo. Vestía, de manera conjuntada, un peto y una camisa de un intenso azul añil y sobre su cintura, colgaba una amplia bolsa de cuero, que a su vez estaba compartimentada en tres secciones: una para las puntas grandes, otra para las medianas y, la tercera para guardar el amarillo y plegable metro de madera.

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Capítulo III, 4ª parte del episodio 3 de Vidas Truncadas

1 Portada Vidas truncadas para redimensionar

 

   Un par de minutos fue lo tardó en llegar frente a la puerta del club y, tras atusarse el pelo y reajustarse la indumentaria, abrió la puerta, apartó los pesados y oscuros cortinajes, que hacían las veces de vestíbulo, se adentró en un alegre lugar dónde destacaban las luces rojas, el volumen de la música, las mujeres ligeras de vestidura y excesivamente maquilladas… El ambiente era cordial entre las meretrices y los clientes, unos bailaban, otros se besaban…, Antonio se dirigió hasta el final de la barra, allí, de espaldas al público y frente a la caja registradora, se encontraba la encargada del local.

   —Hola, buenas noches Susana —dijo alzando un par de tonos la voz, el recién llegado.

    Al darse la vuelta, ante su sorpresa y tratando de aparentar serenidad.

   —¡Hombre! ¿Cómo tú por aquí?

   Antonio se quedó atónito, durante diez segundos, al comprobar que aquella incorpórea luz ensalzaba aún más la voluptuosidad del espectacular cuerpo que tenía frente a él.

   —Pos mira, que no tengo sueño y al pasá por aquí… y sin sabé por qué, h’entráo, sin más —mintió tratando de justificar su visita.

   —¡Ah!, pues me parece muy bien. Espero que disfrutes de la estancia en el local…, ¿qué, te apetece tomar?

   Después de dudar unos segundos, sin decirle lo que le apetecía en realidad, se decantó por apartar la mirada de aquellos expresivos ojazos.

   —Un «JB», con tres hielos.

   —¡Ok!, si, es eso todo lo que deseas, ahora mismo te lo pongo  —respondió, manifestando en su rostro una explícita y pícara mirada.

   Antonio estuvo en el local por espacio de una hora, durante ese tiempo ambos se dedicaron furtivas miradas.

   —¿Me dices que te debo? —solicitó él, al cabo de un tiempo.

   —Volver, cuando tú quieras —respondió ella, guiñándole un ojo.

   —Perdón, ¿cómo dices?

—Nada, que a esta copa te invito yo.

      —Pero es que, me s’hace tarde y tengo que irme.

   —No te preocupes por eso, ya sabes dónde estamos y, si te apetece, puedes venir cuando gustes.

   —Muchas gracias Susana.

   Haciéndole un gesto con el dedo índice para que este se acercase.

   —Aquí me conocen por Susana, pero, para mis allegados soy Teresa —le susurró al oído.

   —Encantado, Teresa, mi nombre es Antonio.

   Tras darse un par de besos, en las mejillas.

   —Adiós, hasta mañana —dijo él.

   —Hasta cuando tú quieras… —respondió ella.

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Los hechos narrados en esta estremecedora y ficticia historia acontecen entre Ecuador y el País Vasco (España). En ella se habla de temas tan despreciables como la violencia de género, los abusos sexuales y la incapacidad de contener los impulsos…

El título plantea al lector una incógnita que, a medida que vaya avanzando, le hará dudar por momentos y cuyo veredicto dependerá de la lectura que haga de la condición de cada personaje y su situación personal.

 

 

Sinopsis

Una joven de 19 años se ve obligada a abandonar su país de la noche a la mañana, prácticamente con lo puesto. ¿Qué ha ocurrido? ¿De qué huye? ¿Qué le infunde tanta intimidación para dejar atrás a su único hijo? ¿Será suficiente con poner tierra de por medio? ¿Terminará ahí su desdicha?

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Capítulo I, episodio 7 Víctima o verdugo

Portada Víctima o verdugo Ebook


 

Un rato después, la pareja se bajaba del automóvil frente al decrépito edificio donde estaba ubicado el deteriorado apartamento. Al apearse del auto, Jefferson se dirigió a la parte trasera para recoger los útiles de limpieza que él mismo había comprado un par de días antes, y tras comprobar que no se dejaba ninguna puerta sin echar el cierre, transitaron hasta llegar al portal agarrados de la mano. Una vez en el zaguán la estrechez de las escaleras les obligó a subirlas en fila india.

   —Buenos días —saludó con voz gastada, una delgada y diminuta anciana que se hallaba, en el primer rellano.

   —Hola, buenos días señora —dijeron casi al unísono.

   La anciana los miró de arriba abajo inadvertidamente.

   —Perdonad mi atrevimiento, ¿vais a vivir aquí?

   —Sí —respondió con tono seco Jefferson.

   —Pensaréis que soy una cotilla, pero es que…

   —¡No, por Dios!, que disparate —dijo María, sin ser consciente de que a su pareja no le gustaba relacionarse con ese tipo de personas.

   —… nunca se sabe lo que una pueda necesitar —suspiró—. Estamos tan apartadas de la ciudad, y Leandra y yo somos tan mayores que cualquier día…

   María bosquejó una sonrisa.

   —Bueno, al menos se tienen la una a la otra.

   —No, no te creas, hija. Ella apenas sale de casa. Es más, si no fuera porque soy la que le trae los encargos, posiblemente, se hubiese muerto de hambre.

   —Imagino que en el caso de que usted no pudiese traérselos, lo haría cualquier otro vecino, ¿no?

   La anciana negó reiteradamente moviendo la cabeza para los lados.

   —No, hija, no. Ya son muchos los años que llevamos solas en este mugriento edificio.

   —No se preocupe por ello, mujer, que de aquí a nada podrá contar con nosotros, ¿verdad que sí, Jefferson?

   —Supongo que sí —respondió con desgano.

   —Mi nombre es Dolores, pero mis amigos me dicen Lola… y si necesitáis algo de mí, ya sabéis donde vivo.

   —Encantada señora Dolores. Lo mismo la digo. Nosotros somos María y Jefferson.

   —Bueno, no os entretengo más y ¡sed bienvenidos!

   —Adiós, señora —dijo Jefferson ásperamente.

   —¡Qué tenga usted un buen día, señora! —le deseó María.

  Al llegar a la quinta planta, siguiendo el mismo procedimiento que la vez anterior, tras abrir la puerta, Jefferson condujo sus pasos hacia un mugriento diván de tres plazas que se hallaba en medio de la sala de estar para depositar junto a este los útiles de limpieza. Acto seguido, asió el cepillo de barrer para quitar la capa de polvo que lo envolvía, después se inclinó para sacar del cubo un envase de espuma limpiadora, una bayeta amarilla y, con el spray en una mano y la gamuza en la otra, comenzó a liberar de roña el encarnado sofá.

   —¡Vaya!, cualquiera lo diría —pronunció Jefferson, al descubrir el aceptable estado de conservación. «Como esté así el resto del mobiliario no será necesario comprar nada», pensó mientras se desprendía de las ropas de más abrigo.

   —¿Qué haces? —curioseó ella.

   —Será mejor que te desprendas del abrigo, de aquí a un poco, con el ajetreo de la limpieza, entraremos en calor.

   María asintió un par de veces con la cabeza.

   —Sí, creo que tienes razón —admitió—: ¿Por dónde empezamos? —consultó al cabo de unos minutos.

  Jefferson agradeció la predisposición de la joven alzando y bajando repetidamente el puño con el dedo pulgar hacia arriba.

   —Primero quitaremos las telarañas y el papel de las habitaciones… luego, ya veremos —indicó mientras cogía el cubo y se dirigía hacia la cocina.

   —Pero ¡¿qué haces?! —increpó al regresar junto a María.

   Sorprendida por la actitud lo miró a los ojos con afligimiento.

   —Lo que tú me has dicho, cariño, pero cuesta mucho sacarlo de la pared.

   —No, pero así no alma cándida. Espera un poco, verás que fácil es —respondió bajando en tono. Y se prestó a enseñarla reproduciendo uno a uno los pasos que tendría que realizar: introdujo una esponja en el agua que contenía el cubo y, tras escurrirla un poco, comenzó a pasarla sobre el papel. Ella, mientras tanto, fue eliminando las telarañas del mobiliario y los rincones, valiéndose del cepillo.

   —Ven, ven un poco, María —ordenó alzando la voz un tono.

   —¿Sí? —dijo ella, apoyándose con la mano sobre el quicio de la puerta.

   —Cuando el papel ha absorbido toda la humedad, basta con tirar de una esquina para que este se desprenda sin necesidad de hacer fuerza, ves que fácil resulta ahor —explicó enaltecido.

   —¡Ajá!, ya me doy cuenta. Veo que contigo aprenderé muchas cosas –dijo sin ser consciente de lo que vendría más adelante.

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