Promoción Punición ineludible

Así ve, vive, piensa, siente y escribe un albañil, y escritor diletante...

Hola, te presento Punición ineludible , una de las seis novelas que tengo a la venta a través de Amazon.

Dedicatoria

No existe razonamiento alguno que justifique ni siquiera el menor de los actos violentos ni el maltrato en cualquiera de sus formas conocidas, es por ello, que: dedico esta novela a,

Las víctimas y a las personas que han pasado por la horrible experiencia de perder una amiga, una compañera, una hermana, una tía, una madre… a manos de quien, independientemente de si su estado de salud mental está fuera o dentro de la normalidad, acaba con la vida de una mujer.

Sinopsis

En una pequeña y tranquila ciudad del norte de España aparece muerta una mujer en el interior de su vehículo. Unas horas después, tras personarse las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado en el lugar del hallazgo, es detenido Aitor Ortiz de Zárate, su…

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Fin de semana en la montaña II

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Noviembre de 2009

   Fin de semana en la montaña

   Aquella mañana, como de costumbre, Meritxell se levantó muy temprano y, para no despertar a los demás integrantes de la unidad familiar, caminó sigilosamente hacia las escaleras y comenzó a bajarlas con tanta cautela como lo harían quienes tratasen de escabullirse de una prisión de alta seguridad, a hurtadillas. Al llegar a la altura de cocina, tras girar la dorada manecilla, pulsó el interruptor para que se hiciese la luz, recogió de la mesa el mando a distancia de la persiana y presionó la tecla de subir «¿Cómo?», pensó mientras repetía la operación; pero a pesar de pulsar reiteradas veces, no hubo forma de conseguirlo «¿Qué coño pasa aquí?… Si hay luz, ¿por qué no funciona esto?», pensó mientras se dirigía hacia la puerta principal que daba paso al exterior, tras comprobar que no se podía acceder a la terraza a través de la ventana balconera por el mismo motivo. Un minuto le costó liberarla de los cuatro puntos de seguridad que ofrecía el blindaje, la causa no fue otra que evitar el estertóreo y molesto ruido que lleva implícito este tipo de puertas. Al abrirla, un escalofrío recorrió su cuerpo de arriba abajo:  durante la noche había estado nevando y la altura de la nieve cubría justo hasta la mitad del segundo peldaño del porche. Sin salir del umbral, agarrada al quicio de la puerta con su mano izquierda y levantando la misma pierna evocando a las bailarinas en las pistas de hielo y estirando el cuello como si fuera el Inspector Gadget, pudo descubrir que sobre el alfeizar de ambas ventanas había una enorme cantidad de nieve helada y dedujo que eso era lo que impedía el funcionamiento del mando a distancia. Al recuperar la postura, miró a los alrededores de la urbanización y sus ojos adquirieron un brillo especial, se dibujó una sonrisa se en la comisura de sus voluptuosos labios y, de repente, al recibir una gélida ventisca sobre el rostro, se estremeció de nuevo y cerrando la puerta regresó a la cocina. Una vez allí, rellenó el depósito de agua de la cafetera eléctrica, sobre el filtro depositó media docena de cucharas colmadas de café molido, se aseguró de que todo estaba listo, pulsó sobre el rojo botón y la puso en funcionamiento, mientras terminaba de hacerse el café, en una sartén preparó unas rebanadas de pan tostado con la finalidad de preparar pan con tumaca y jamón.

   Después de desayunar condujo sus pasos hasta el salón-estar con la intención de encender la chimenea, abrió la tapa para introducir unas hojas de periódico que previamente había arrugado, colocó junto al papel tres pastillas de keroseno, abrió la caja de cerillas largas, cogió una y, tras pasarla enérgicamente sobre la raspa, logró encenderla a la primera y la arrimó al papel durante unos segundos y, una vez que prendieron, arrojó sobre estos unas astillas y, una vez que el fuego cogió un poco de alegría, comenzó a introducir la leña más o menos siguiendo las instrucciones que en su día le fueron explicadas por Andrés, después la cerró y mientras la casa se iba calentando se fue hacia el aseo y, tras despojarse de sus vestiduras, descorrió hacia la derecha la hoja de la mampara, graduó la temperatura del agua y, sin más preámbulos, se metió bajo la ducha con la tranquilidad y el sosiego que se siente cuando terceras personas te felicitan por haber realizado un trabajo bien hecho.

   Diez minutos después, corrían despavoridos escaleras abajo, chillando y gritando, los que hasta entonces dormitaban: «¡Fuego! ¡Fuego! ¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Qué se quema la casa!». Alertada e intrigada por lo que se entreoía bajo el cálido chorro de agua, Meritxell salió del aseo como su madre la había traído al mundo y, a pesar de la irrespirable y opaca humareda, se atrevió a ir hasta la chimenea para cerciorarse de que la había dejado cerrada. Tras comprobar que solo se trataba de humo sintió un gran alivio a pesar de las circunstancias en que se encontraba y comenzó a gritar con todas sus fuerzas mientras se dirigía hacia la puerta principal: «¡Falsa alarma! ¡Falsa alarma! ¡Chicos no temáis!

   Una vez recuperados del susto.

   —Escuchadme bien chicos —dijo Alberto—. Tenemos que subir para abrir todas las ventanas y dejar esta puerta abierta para que el humo salga cuanto antes.

   Acercándose a la chimenea, Alberto descubrió el motivo del asustadizo episodio: el tiro de la chimenea se hallaba cerrado, posiblemente, como consecuencia de no haberle dejado en posición totalmente en vertical mientras la llama cogía fuerza y una vez recuperados de la angustiosa situación, la familia al completo, salió a la calle y comenzaron a lanzarse unos a otros las típicas bolas de nieve y, después de divertirse un buen rato, al entrar en la vivienda, para curarse en salud pusieron en funcionamiento la caldera de gas.

   La llegada de las primeras nevadas provocó en la unidad familiar un enorme deseo de aprender a esquiar y, con esa intención, se desplazaron hasta la estación Puigmal, ubicada en plena Cerdaña, el más alto dominio esquiable de los Pirineos con pistas que alcanzan los 2700 m. con una garantía de nieve y de sensaciones extraordinarias. Cuenta con 320 hectáreas de superficie y con un inmenso macizo nevado en un sector salvaguardado en el que alternan bosques y grandes espacios. Es una estación en plena naturaleza con paisajes que le dejaran sin respiración, una estación para todas las formas de desliz, con zonas adaptadas a las nuevas tendencias del esquí y del desliz sobre la nieve.

   —Hola, buenos días —dijo Alberto al situarse frente al recepcionista— quisiera me explicase que hay que hacer para aprender a esquiar.

   —Aquí, como en cualquier otra estación, disponemos de personal especializado para impartir cursos para principiantes y técnicas para los más avanzados, es decir, aquellos que cuentan en su haber con los conocimientos básicos.

   Alberto se giró hacía sus acompañantes y les brindó una mueca de satisfacción.

   —¿Y qué hay que hacer para formar parte de los cursillos?

   —Inscribirse cumplimentando este formulario, adjuntar una fotografía reciente tamaño carné, traer buena disposición y venir bien desayunados: todo lo demás, previo pago, se lo procuraremos nosotros mismos.

   Alberto dirigió la mirada hacia atrás y observó

   —¡Vaya! —dijo mirando al empleado, poniendo cara de buen chico—, me imagino que sin foto no podremos, ¿verdad?

   —Sí así es, pero no se preocupe se imparten clases durante toda la temporada.

   —Ya habéis oído: nada podemos hacer al respecto; pero os prometo qué, la próxima vez que subamos a Osséja vendremos preparados para disfrutarlo como merecemos —explicó después de haberse despedido y retirado del punto de información.

   Esposa e hijos invadidos por la desilusión asintieron una sola vez bajando la mirada y la cabeza al mismo tiempo; pero a pesar de la pésima situación, optaron por pasar el resto del día disfrutando del esplendoroso día y de las demás posibilidades que ofrecía la estación.

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Saludos

 

Verano del 2009

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Verano de 2009

   A pesar de que Meritxell hubiese preferido acudir a contemplar el mar desde su roca, esa en la que a través de ella se sumerge en infinidad de aventuras cada vez que la visita. La unidad familiar llegó a un acuerdo con respecto al lugar donde pasarían las vacaciones estivales. Alberto, Alejandro y Patricia ilusionados por lo que conlleva lo desconocido y el atractivo que rodeaba el entorno de la reciente adquisición. En silencio se iban forjando infinidad de ideas para llevarlas a cabo, una vez que estuviesen allí instalados.

   El día antes de partir hacia Osséja, acudieron a un centro comercial y visitaron la sección de deportes, había tantas cosas que ver y probar: que además de pasarse allí toda la mañana, se quedaron a comer en uno de los restaurantes que albergaba este en su interior.

   Al abandonar el lugar, sobre el techo del Avant el portaequipaje daba asiento y sujeción a cuatro bicicletas de montaña, algo en lo que todos estaban de acuerdo desde el primer día que visitaron los Pirineos Orientales, tras la adquisición de la vivienda.

   El primer día en la montaña amaneció de un azul intenso. La frescura y el sosiego que se respiraba a primeras horas animaban a ponerse en movimiento hasta al más desganado, las ventanas fueron abiertas de par en par para ventilar la casa, mientras que, desde la cocina, emanaba una agradable y aromática estela a café recién hecho. Al terminar de injerir el desayuno, bastó que Alberto hiciese un gesto con la cabeza para que la unidad familiar se dirigiera al garaje y, una vez allí, tras accionar la tecla de apertura, y, unos segundos después la de cierre, salieron pedaleando como si formasen parte del pelotón de un grupo de ciclistas. Al retornar del paseo matinal, a pesar de lo agotados que venían, no les quedó otra que ponerse a combatir contra un nutrido grupo de negros y diminutos insectos alados qué, huyendo de las altas temperaturas alcanzadas en el exterior, habían osado invadir aquel fresco y apetecible hogar. Unos segundos después, cientos de huidizas y temerosas moscas revoloteaban de acá para allá temiendo ser alcanzadas por los viajes que lanzaban aquellos desaprensivos seres que armados con improvisadas armas de prensa escrita trataban de expulsar a quienes, en un principio, solo pretendían librarse de los abrasadores y castigadores rayos de sol.

   Los paseos por las pistas forestales al atardecer y el desplazarse hasta el lago de Osséja por las mañanas para acudir a practicar piragüismo y bañarse se convirtió en usual durante el mes de julio; pero con la llegada de agosto, Alberto tuvo que incorporarse al trabajo. Los primeros días se desplazaba desde Osséja a Barcelona y viceversa, pero una semana después, el cansancio acumulado no solo le afectó a él, ya que, al llegar el fin de semana, lo que menos le apetecía era participar en los eventos programados por sus descansados hijos, y, al hacerles partícipes de su forma de pensar: el malestar y la desilusión fueron tan evidentes que la tensión acumulada en el espacio llegó a dificultar hasta la respiración. El ambiente era tan desagradable y espeso que incluso se podría haber saboreado como si de una goma de mascar se tratase.

   —Os prometo que el próximo fin de semana todo será distinto.

   —¡¿Tú crees?! —exclamó Meritxell.

   —No solo creo, sino que, además: lo afirmo.

   —¿Estás seguro de lo que dices?

   —Sí, por supuesto; aunque para ello, tendréis que aceptar un trato.

   Madre e hijos se miraron con ademán de desconcierto, volvieron la vista hacia Alberto y sirviéndose de esta le consultaron y permanecieron en silencio.

   —He pensado que, en vez de desplazarme todos los días de un lugar a otro, tal vez sería mejor que me quedase allí de lunes hasta el mediodía del viernes, y, el resto de semana pasarlo con vosotros, ¿qué os parece la idea?

   Alejandro y Patricia, además de asentir efusivamente, comenzaron a dar saltos de alegría, Meritxell, aun sin estar de acuerdo, se unió a sus hijos: por el hecho de no verles tristes.

   Aquel lunes, comenzó bastante diferente de lo que los jóvenes esperaban, pero no serían conscientes hasta después de tomar el desayuno.

   —Vamos mamá, ¿a qué estás esperando? —consultó Alejandro al contemplar la pasividad de su progenitora.

   —Lo siento chicos, pero no me apetece salir a montar en bici, así es que tendréis que partir sin mí.

   —Está bien, mamá… como quieras —pronunció Alberto al tiempo que se giraba hacia Patricia y la invitaba a partir haciendo un gesto con la cabeza.

   Ambos comenzaron a pedalear de manera pausada como si tratasen de persuadir a quien desde la ventana del salón-estar les veía alejarse con sentimientos encontrados.

   —¡Tened cuidado!, ¡no os alejéis mucho! —gritó antes de retirarse de la ventana.

   Al retornar a casa, con el alboroto organizado para dejar las bicicletas en el garaje, Meritxell se sobresaltó por lo repentino y por comprobar la hora que marcaba el reloj del ordenador. En principio, quiso poner el grito en el cielo, en señal de reprimenda, pero guardó silencio al concienciarse de que a pesar de ser las cuatro ni siquiera había preparado la comida.

   —¡Ostras, lo tarde que es! —exclamó Alejandro tras dirigir la mirada al reloj de pared que estaba ubicado en la cocina—: ¡Jo! Hay que ver lo rápido que pasa el tiempo cuando se está entretenido, ¿verdad mamá —espetó al comprobar que no había nada preparado para llevarse a la boca y satisfacer la necesidad manifiesta por su estómago.

   Meritxell, en vez de admitir lo que sus hijos presuponían, optó por algo muy común en los humanos.

   —En principio, había pensado en preparar ensalada catalana para todos, pero como sé que os gustan tanto las pizzas, cambié de opinión y, como estás están mejor recién hechas… ¿Y qué tal lo habéis pasado vosotros? ¿Dónde habéis ido?

   —Lo hemos pasado muy bien mamá —dijo Patricia—. Tomamos un camino y este nos ha conducido hasta la orilla de un precioso río. Había un grupo mixto de chicos simpatiquísimos que estaban intentando cazar ranas y nos unimos a ellos y, a pesar de que no hemos logrado dar caza a ninguna, lo hemos pasado de maravilla y eso que nos hemos puesto de agua hasta arriba y…

   —¡Anda!, mira que bien y yo preocupada por si os aburríais.

   —Y, lo mejor de todo, ¿sabes qué, mamá?

   —No, no tengo ni pajolera idea hija.

   —Hemos quedado para reunirnos mañana en el mismo lugar, así es que no tendrás que preocuparte por nosotros y podrás atender a tus ciber amigos y pasarlo bien con ellos.

   —Bueno, me alegro por vosotros, pero ahora vayamos a lo importante —indicó Meritxell, al tiempo que ordenaba a estos que fuesen poniendo el pan, los cubiertos, la bebida y las servilletas sobre el mostrador de granito que hacía las veces de mesa y, entre tanto, abrió el congelador para extraer dos pizzas y las fue introduciendo una a una en el microondas y, en menos que canta un gallo, acabaron siendo devoradas sin miramiento alguno por parte de los tres comensales.  Y, a excepción de los fines de semana, que acudían a divertirse en Matemale, así pasaron aquellos dos meses.

   Al regresar a Barcelona, acostumbrados a respirar el aire y el sosiego de las montañas, el cúmulo de sensaciones encontradas, se apodera de ellos la desilusión, como con-secuencia del síndrome postvacacional, ese que afortunadamente solo padecen aquellos que su holgada economía les permite disfrutar de unas vacaciones…: independiente-mente de que estas sean merecidas o no.

   El tránsito del tráfico, el ajetreo de las personas que caminando o corriendo van y vienen de aquí para allá, como si no les quedase tiempo, afecta de manera negativa a unos más que a otros. Los niños acuden al colegio y no regresan a casa hasta las siete de la tarde, Alberto, cuando no se halla de viaje por asuntos laborales, otro tanto de lo mismo. Es por ello que Meritxell, sin ser consciente, poco a poco se va apartando de la realidad y busca y encuentra lo que la sociedad no le puede dar en las Redes Sociales. Las aportaciones en el blog evidencian que su estado anímico está como tres cuartas por debajo del nivel del suelo. Se queja de lo poco generosa que se muestra la vida con ella. Manifiesta que no entiende que escribiendo también no logre publicar nada y que está harta de seguir «a pies juntillas» todo cuanto le han ido indicando los profesionales a los que ha recurrido; pero al mismo tiempo, tan pronto se da ánimos para sí misma como para quienes la siguen: entrando, sin ser consciente, en un peligroso circulo vicioso.

   El otoño se va abriendo paso de igual forma que lo viene haciendo desde el principio de su existencia, sin prisas, sin pausas… y, sin proponérselo, proporciona a raudales tristeza y melancolía a quienes están predispuestos por infinidad de motivos, y a otros, en cambio, les invita a pasear por sendas, caminos y montes en busca de momentos agradables, tertulias, setas…

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Lago de Matemale

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   A eso de mediodía, al llegar a Matemale, el sol se hallaba entre nubes y claros… Y junto al acceso principal, como habían quedado el día anterior, les estaban esperando Andrés y Ana María y, tras dar por finiquitados los pertinentes saludos, besos, abrazos y felicitaciones, entre todos trasladaron los comestibles y bebidas hasta la zona de pic-nic y barbacoas, y aprovechando que otra familia había terminado de asar y las ascuas estaban en pleno apogeo comenzaron con los preparativos culinarios. El aire se hizo notar con remolinos y cambios bruscos de velocidad, a medida que había ido transcurriendo la mañana, el cumulonimbo había alcanzado su máximo esplendor, el sol quedó oculto por completo y aparecieron los primeros relámpagos.

   —Mal se está poniendo —dijo apenada la cumpleañera.

   —Tranquila cariño, he presenciado situaciones peores que esta y al final el aire terminará desviando la tormenta, además de que esto ya está a punto de caramelo —indicó señalando con el mentón hacia la parrilla.

   Empezaron a picotear sobre las ensaladas mixtas, mientras se terminaban de asar las últimas piezas, y, cuando el cielo se oscureció aún más, aparecieron los primeros relámpagos. «¡Santa Bárbara Bendita…!» —dijo a la par que se santiguaba Meritxell y, sin dejarla terminar la frase, volvió a sobrecogerla el fragor un trueno más hondo, poderoso y cercano que los anteriores y, alimentos, comensales y utensilios fueron bombardeados por las gélidas y violentas ráfagas de granizos. Prestos recogieron todo cuanto pudieron y salieron zumbando para protegerse en los vehículos. La tormenta se explayó durante veinte interminables minutos, corrieron entre los gritos y la multitudinaria estampida de personas que como ellos trataban de ponerse a salvo de la desmesurada saña ejercida por el catastrófico y devastador pedrisco. Empapados, con los cristales empañados, aguardaban a que escampase para terminar de recoger el resto de la fracasada barbacoa.

   Al salir de los vehículos, el panorama que se encontraron al legar a la mesa era desolador: ramas rotas, hojas destrozadas, granizos y tierra se habían mezclado con los alimentos, nada se libró del cruento ataque meteorológico, excepto las bebidas. Unos y otros se miraban con desilusión al tiempo que se encogían de hombros diciendo: «¿Y qué podemos hacer?».

   —¡Venga, vayámonos!, que aquí no tenemos más que hacer  —resolvió sin poder evitar que la voz se quebrara y los ojos se inundasen, aquella que detestaba los días de lluvia.

   Los demás asintieron y, a excepción del cambio que reflejaban sus rostros y ademanes, del mismo modo que habían llegado, se marcharon.

   Una vez en casa, mientras los demás se cambiaban de atuendo y se ponían cómodos, Meritxell sacó dos pizzas congeladas, las horneó y «como a falta de pan buenas son las tortas» al terminarlas: «Que ricas están, ¿vedad?» —dijo intentando romper el silencio que se había instaurado. Ana María y Andrés asintieron sin pronunciarse.

   —¡Bah! para esto mejor que nos hubiésemos quedado en casa —dijo con tono despectivo Alejandro.

   —¡Cállate!, estúpido. ¡Qué cada vez que hablas sube el pan!  —exclamó Patricia.

   —Calma, calma. Tengamos la fiesta en paz ¡Por favor! —dijo Alberto, haciendo los ademanes correspondientes al principio y al final de su intervención.

   —No es necesario que descorches el vino, prefiero tomar cerveza  —indicó Andrés.

   Meritxell apenas probó bocado, se levantó y dirigió sus pisadas hacia el frigorífico, lo abrió y se inclinó para recoger una tarta de chocolate que ella misma había preparado el día anterior.

   —Bueno, chicos… al menos no lo podemos dar todo por perdido… ¡gracias a que se me olvidó recogerla esta mañana, se ha librado del maldito pedrisco! —manifestó con tono festivo.

   A excepción de Alejandro, al resto de comensales se les alegró tanto el rostro como la vista.

   —Pues, no sé dónde está la gracia: si total, desde el principio su destino era ser devorada —expuso, y razonó con ironía, Alejandro.

   El resto, sin prestarle atención, continuó degustando el dulce final, sin más.

   Alejandro, por el contrario, con la amarga sensación de quien tras un largo y trabajado discurso escucha «a palabras necias…», se levantó malhumorado y escaleras arriba se encaminó hasta su cuarto, una vez allí, se colocó los auriculares y se estiró sobre la cama en decúbito supino. Unas horas después, Andrés y Ana María regresaron a casa y los demás, siguiendo los pasos de Alejandro, se marcharon a dormir[…].

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Puigcerdá

 

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12

 

 

Junio 2009

   Meritxell se despertó muy temprano, bajó las escaleras intentando amortiguar cada uno de sus pasos, y, al llegar a la planta baja, se dirigió hasta la cocina. El silencio, a esas horas, solo era irrumpido por el trinar de los madrugadores pájaros. Se acercó hasta el ventanal, pulsó el botón para subir la persiana y, haciendo uso del tirador para descorrer las cortinas, observó que el color del cielo en vez de azul era blanquecino. Exhaló un suspiró y resoplando sorda y reiteradamente depositó la cafetera sobre la vitrocerámica y, mientras se terminaba de hacer el café, en una sartén puso un poco de aceite para tostar un par rebanadas de pan, peló y cortó un diente de ajo para restregarlo por las rebanadas y, después de hacer lo mismo con un tomate, bien maduro, las roció con un hilo de «oro líquido», vertió un tercio del negro y amargo café en un tazón y, tras agregar un poco de leche fría para que se templara y  azúcar al gusto, se dispuso a desayunar con la más absoluta serenidad.

   Pasado un tiempo, se dirigió al salón y se sentó sobre un sillón de tela negra, con forma de balancín, con los apoya brazos en madera de roble laqueados con barniz incoloro, frente a una fría y moderna chimenea. Sentada en el cómodo asiento, mientras hacía tiempo para que los demás se despertasen, comenzó a teclear de manera frenética en el regazado portátil. Actividad que cesó de manera repentina al escuchar como el triunvirato familiar irrumpía en el acogedor y tácito lugar entonando el cumpleaños feliz. Se levantó emocionada y, tras los besos, abrazos y felicitaciones, retornó a la cocina y, reproduciendo los mismos pasos, preparó el desayuno del trío cantor.

   Una vez que terminaron de engullir el tradicional, nutritivo y saludable almuerzo, tras recoger los utensilios e introducirlos en el lavavajillas, la familia al completo se metió y acomodó en el bermejo Avant y pusieron rumbo a la población. Durante el recorrido, Alejandro y Patricia se entretuvieron con los móviles, él escuchando música y ella jugando con uno de los juegos que tenía instalado. Alberto permaneció en silencio y atento a la carretera y Meritxell insertó el Módem USB en la ranura de su portátil y estuvo leyendo las felicitaciones que sus ciber amigos le habían dejado por las Redes Sociales donde habitualmente interactuaba. Al llegar a Puigcerdá, Alberto detuvo y estacionó el vehículo junto a la entrada de un centro comercial y al apearse de este:

   —Alejandro, ve a buscar un carro —dijo Meritxell al tiempo que le entregaba una moneda.

   —¡Jo, mamá! ¿y por qué tengo que ser yo?

   —¿Ya estamos protestando? Te pido por lo que más quieras que no me des el día, ¿vale?…

   —Calma, calma ¡por favor!… que ya voy a buscarlo yo —suplicó Alberto, haciendo los ademanes pertinentes con las dos manos.

   Patricia miró a su hermano y con la mano vuelta y el puño cerrado hizo el gesto de jódete, asintió un par de veces con la cabeza y continuó con la interesante partida del móvil.

   Al entrar en el establecimiento, Alberto y Meritxell se dirigieron hacia la sección de carnes y aves, Alejandro a la de música y Patricia a la de videojuegos. Media hora después, tras ponerse en contacto vía móvil, se encontraban depositando los artículos sobre la cinta de la caja 1: tres saquetes de carbón, una bandeja con seis contramuslos de pollo, otra con seis butifarras blancas, media docena de hamburguesas, dos tiras de costillas de cerdo, tres morcillas de  arroz cebolla y piñones, dos bolsas de ensalada picada, 1 kilo de tomates maduros, dos botes de aceitunas rellenas, dos cebolletas, una cabeza de ajos, una botella de aceite de oliva, otra de vinagre, una bolsa de sal gorda, tres botes de especias, una enorme sandía, un pack de latas de refrescos, otro de cervezas, un kit de platos, vasos y cubiertos desechables y dos bolsas de hielo. Al salir del supermercado, Meritxell miró hacia el encapotado cielo.

   —¡Jum! No sé yo…

   —¿Cómo dices cariño? —consultó Alberto.

   —Que no sé, si al final podremos llevar adelante lo planificado  —respondió señalando hacia la bóveda celestial.

   —No te preocupes, cariño, si lo dices por las nubes: lo mismo que han venido se irán —dijo al tiempo que accionaba el mando a distancia y se inclinaba para abrir el porta equipajes, apartó con cuidado las dos botellas de vino tinto, Clos Mogador del 2003, que él mismo había introducido antes de sacar el vehículo del garaje, extrajo una nevera portátil, la abrió, rompió y vertió en esta una de las bolsas de hielo, introdujo los dos packs de latas y repitiendo la misma operación vació el resto de los hielos, le puso la tapa, la introdujo en el maletero y pusieron rumbo al destino—: Incluso puede que allí el día no esté igual que aquí —dijo para animarla.

   —Sí, claro. También soy consciente de ello.

 

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