Las cosas del querer…

Escrito el 15 de noviembre de 2015

Como cada domingo, campo a través, bregaban desesperadamente, en sentido contrario, desde sus respectivas dehesas, comenzando en Navalonguillas de arriba, la hija de los guardeses, Ambrosia, la desdentada y contrahecha, y, a partir de Navalonguisllas de abajo, el primogénito del mayoral, Macario, el jorovino, tuerto y tullido, todo lo rápido que sus tarados cuerpos les permitían y, en cuanto alcanzaban la cima del altozano que hacía de frontera entre ambas fincas, el brillo de sus ojos superaba el de los rayos del astro rey, el ritmo de sus latidos alcanzaba niveles tan elevados como el de los colibríes… Para él no suponía más que la posibilidad de echar un par de caliqueños; para ella, cada vez que se encontraban: su afligido mundo dejaba de girar y, al aferrarse a palo seco a los labios de él, comenzaba a flotar, como si el suelo se hubiera fraccionado bajo sus contraídos pies a fin de que si nada más importara, a pesar de ser consciente de lo poco o nada que significaba para el «fastuoso» galán…

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Grito y lamento de un menesteroso…

Escrito 20 de octubre de 2015

En Miranda de Ebro, el 12 de octubre de 2014, amaneció tan afligido y plomizo como el de hoy; pese a ello, decidí salir a dar una vuelta y, al cabo de un trecho, me encontraba paseando por la ciudad, en actitud pensativa, cuando, de súbito, cambié el rumbo previsto, al observar lo deteriorado que estaba el banco que está enfrente de la guardería ubicada en la calle del Río, y me acerqué a él; me miró con actitud provocativa «¿Qué miras?, ¿acaso crees que soy culpable de la situación en que me hallo por haber sido dejado a las buenas de Dios por quienes se supone deberían de velar tanto por mi Bienestar como por el estado de conservación?», me dijo sin decir nada, y, tras realizar un ademán negativo con la cabeza, continué paseando: cuestionando y haciéndome cábalas sobre la actualidad y lo que nos deparará el futuro, si esto no se remedia…

Al cabo de un tiempo, allá por el mes de mayo del siguiente año… volví a pasar junto al susodicho, ya sabes, al que está enfrente de la guardería…

   —¡Vaya!, parece que, con la llegada del buen tiempo y por el aspecto que luces, tu estado anímico es totalmente contrario al que mostrabas la última vez que coincidimos —le dije a la par que me arrellanaba sobre él. «La verdad es que, aunque solo se trate de un lavado de cara, estoy pletórico… Parece que a ti, también te han venido bien los 2/3 de jornada…», me respondió de igual forma que la vez anterior…

   —La verdad es que sí, aunque me sigue inquietando el porvenir que nos pueda deparar el futuro a ambos, si esta indeseable situación no se remedia… —le dije a la par que le liberaba de tener que soportar mi peso, y, una vez en pie, me giré hacia él y, antes de continuar con el rumbo que tenía previsto, le hice un guiño y le brindé una sonrisa…

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Deseos por alcanzar…

Escrito el 25 de noviembre 2015

21 de noviembre de 2363

En un lugar, que sin ser el Paraíso podría equipararse a este, se están preparando para celebrar, entre otras cosas, que por fin, el hombre ha sido capaz de vencer a la sempiterna vehemencia por la individualidad, el afán de protagonismo y el interés por ejercer su poder sobre el mundo. No solo han logrado ese propósito, sino que, además, estos han llegado a sobrepasar la barrera que separa lo virtual de lo real mediante la implantación de un minúsculo microchip en el cerebro. Que a partir de ese día no será  necesario tener que conectarse a ninguna red o instrumento para interactuar con cualquier persona y lugar del mundo. Que la energía propulsora para hacerlo factible la proporcionaba el mismo hombre a través del más leve movimiento y no solo de ello se beneficiaban los seres humanos, que al no ser necesario el desplazamiento, los vehículos dejaran de existir y que, por ende, la Madre Naturaleza podrá recuperarse del maltrato al que ha sido sometida, de manera continuada y a propósito por su peor enemigo «el hombre»; aunque este, al concienciarse, decide que ha llegado la hora de demostrar su racionalidad y es entonces cuando deciden hacer un nuevo uso de ella; pero en este caso, para aprovechar y poner en funcionamiento todas las energías renovables. Y a partir de ahí podrán disponer, también, que lo primordial está en preocuparse por el bienestar social, de los animales y el Medio Ambiente.

Todo ello comenzó allá por el mes de abril de 2012
El artífice de ver cumplida esa anhelada utopía fue un desempleado que, venido a menos por la fatídica Crisis mundial, se refugió en la escritura con el único propósito de poder sobrellevar su situación personal y no dejarse vencer por la desesperanza ni la enajenación. Este aprendiz de escritor se atrevió a publicar una novela corta Al otro lado… a través de una Web que facilitaba la publicación a los autores noveles. En la novela trataba de dejar un claro y evidente mensaje, entre líneas, a quienes estuviesen interesados en leerla y en hacer algo por el mundo; pero no fue hasta después de haber transcurrido cien años… cuando esta, de manera fortuita, cayó  en manos de un renombrado y adinerado magnate  que residía  en Dubai… quién  asqueado por el despilfarro y la desfachatez con el que transcurría el mundo en aquellos días, donde  unos nadaban en la abundancia; los otros, en sus propios  vómitos y miserias…, y fue a raíz de leer las escasas 98 páginas, cuando  motivado por  alcanzar la gloria y el poder absoluto: «Seré recordado en la posteridad como el hombre que tomó las riendas  del mundo y lo salvó así de su incuestionable y eminente destrucción», pensó el magnate y, ni siquiera el hecho de que la obra no estuviese bien  estructurada o  incluso que  su gramática dejase claras  evidencias  de que el autor carecía de conocimientos, bastaron para comprender aquello que tan importante  era en su día  para aquél albañil que,  por no tener, ni siquiera tenía descendientes directos.

Por primera vez en la Historia y desde que el mundo es mundo: todos estaban celebrando de manera solidaria y voluntaria el IV centenario del nacimiento de aquél que en su día le tocó correr la misma suerte, como escritor, que a otros tantos que le precedieron siglos atrás y que vivieron y fenecieron con más penas que glorias…

De repente, unos lejanos y reiterados pitidos le hicieron regresar; frente a él, estaba abierta la página de Interchat, y, alguien le había enviado un privado. Acto seguido; aún adormecido, dirigió la mirada hacía el último comentario que aparecía en la pantalla:

   —Torniego, una cosa te voy a decir, como vuelvas a denunciar, a Fulania, para que la validen el perfil, ¡juro ante Dios!, que voy a buscarte gordo baboso y te doy de hostias         —dejó escrito cara de listo.

   «Ya me extrañaba a mí que fuese todo tan bonito», pensó mientras se desperezaba.

   —Cara de listo, si afirmas algo que desconoces por completo correrás el riesgo de que alguien te tilde de ignorante. Me gustaría saber en qué te basas para señalarme a mí como el culpable.

   —Solo un miserable, ruin, cobarde, calvo y seboso, como tú sería capaz de hacer eso a una mujer como mi querida Fulania.

   —La mentira, los insultos y las malas formas están destinadas para quienes carecen de argumentos, razones y credibilidad —le respondió dando por finalizada la conversación.

    «¡Ay que ver!, con la que está cayendo en el mundo y en que pierden algunos el tiempo, en defender amores ficticios o virtuales. Cada día entiendo menos a las personas. Defienden a capa y espada lo absurdo y, en cambio, no mueven un solo dedo por todo lo que se está perdiendo a su alrededor», pensó, con la mirada fijada en el cielo.

Epilogo

Unos por otros, la casa siempre se queda sin barrer. Hay quienes su tiempo y vida lo dedican a jugar, tratando de ser felices todo el tiempo, sin tener en cuenta que los que estén a su alrededor tal vez ese día ni siquiera hayan podido llevarse un bocado al estómago…

No podemos permitirnos estar de brazos cruzados esperando que sea un magnate el que de el primer paso, porque correremos el riesgo de que eso no ocurra. Todos sabemos que: «Los sueños, sueños son»; y, también, que algunos anhelos se convierten en realidad con el simple propósito y es por eso mismo que grito a todo el mundo desde mi ventana: ¡A qué estamos esperando! Demos el primer paso y caminemos juntos con la ilusión fijada en, un mismo destino, conseguir un Mundo mejor. ¡Aún estamos a tiempo! Y, solo depende de nosotros, preservar la naturaleza con el fin de lograr la supervivencia del mayor número posible de especies para el gozo y disfrute de las generaciones venideras.

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El viaje…

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Escrito en 2011.

La familia García Moreno —compuesta por el matrimonio y sus adolescentes hijos—  tenía pensado, desde principios de año, ir de vacaciones al País Vasco en el mes de agosto de 1980.

Llegó el día de la víspera y, antes de acostarse, lo dejaron todo preparado para el día siguiente.

A eso de las nueve y cuarto, tras levantarse, asearse y desayunar, partieron hacia Bilbao a bordo de su arcaico y bien cuidado Citroën C-8 familiar, y, apenas sin darse cuenta, llegaron al destino:

   —Papá, ¿qué os parece si hacemos un alto aquí y aprovechamos para reponer fuerzas?   —sugirió José Luis.

   —Me parece estupendo hijo, pero veamos que opinan mamá y Marta —dijo volviendo la vista hacia atrás.

María miró a su hija y esta asintió con la cabeza.

   —Estamos de acuerdo, además, así aprovecharemos para ir al baño.

Entraron en el bar y, mientras José Luis se acercaba hasta el mostrador para pedir cuatro raciones de morcillas de Burgos, una botella de tinto y una gaseosa, tal y como habían acordado durante el trayecto, el matrimonio junto a su hija  se acomodaron alrededor  de una de las mesas que estaban montadas para comer. José Luis observó que en la pared había un cartel con unos números y al lado su correspondiente premio, en pesetas, y debajo del mismo una bolsa que contenía los boletos de participación.

   —¿Qué cuestan los boletos? —preguntó  a la camarera.

   —A veinticinco pesetas cada uno.

   —Pues, me de cuatro, por favor —dijo al tiempo que dejaba cien pesetas sobre el mostrador.

Abrió el primero y, al comprobar que estaba en blanco: «¿esto, qué significa? —interrogó de nuevo a la joven y guapa bodeguera.

    —Los que no tienen premio salen así —respondió sin más.

El segundo boleto apareció con el número 0013 y, tras comprobar que este aparecía en la lista, y comprobar que había obtenido un premio de doce mil quinientas pesetas, se acercó hasta su familia, feliz y nervioso: «¡¿Qué ha pasado ?!, pareces muy contento» —preguntó poniendo cara de asombro Manolo, el padre.

   —Papá, creo que estamos de suerte y hoy, nos va a salir todo gratis, ¡Incluido el viaje!     —exclamó.

   —Pues, ¿cómo así, qué ha ocurrido?

   —He adquirido unos boletos y he obtenido un premio.

En aquel mismo instante apareció junto a la mesa el cantinero con las raciones y la bebida… José Luis se sentó junto a los suyos con disposición de comer, pero de repente,  cayó en la cuenta de  que aún le faltan dos boletos por abrir y se dirigió  hacía el mostrador para recogerlos y, para su sorpresa, a unos dos metros antes de llegar, escuchó cómo la camarera le estaba comentando  a otro empleado que ella había abierto los boletos  olvidados y que uno de ellos tenía de premio cien mil pesetas. Acto seguido, él solicitó que le devolviesen el boleto o el premio, entonces ella le expendió en un trozo de cartón el importe de la cantidad agraciada: «¿Qué se supone que es esto?» —inquirió enarcando las cejas, José Luis.

   —Con eso, si acudes al «Banco Herrero» te lo abonan —dijo la vinatera con ironía, al tiempo que con la mirada buscaba la complicidad de sus compañeros.

José Luis, al ver que  estaba siendo objeto de burla, decidió llamar a la Ertzaintza —policía autónoma en el País Vasco—, y mientras está explicando  lo ocurrido, y el lugar de los hechos a los agentes, observa que su familia se encuentra en la calle y que estos  están gritando exaltados y con desesperación: «¡Auxilio!, ¡socorro!,  ¡Ayuda, por favoooor! ».

José Luis, raudo y veloz, salió.

   —¿Q…qué ocurre papá? —farfulló gritando.

   —Que nos están tintando, hijo.

   «¿Tintando…? ¡Ay, ay, ay!» —se quejó José Luis, llevándose las manos a la cabeza tras haber sentido un fuerte pinchazo y notar que tenía algo clavado y, dando un leve y certero tirón pudo comprobar que se trataba de un dardo con tres arpones en la punta, observó con detenimiento y sangre fría cómo goteaba un espeso, oscuro y maloliente líquido, que le recordó  la tinta de los calamares. De repente, comenzó a escuchar a lo lejos el sonido de una sirena; pero a medida que esta se iba acercando, el sonido se iba transformando en un incesante y repetitivo pi,pi, pí… pipi,pí…pipi, pííí. Se reincorporó, asustado y temeroso, con el corazón en un puño y, poco a poco, se fue tranquilizando al comprobar que era el despertador el que emitía aquel incesante y torturador sonido; pero aun así y todo, le llevó un par de minutos entender que solo se trataba  de un mal sueño.

Se levantó y, tras pasar por el baño para asearse, dirigió sus pasos hacia la cocina para reunirse con la familia dispuesto a unirse a ellos para desayunar:

«¿Niño, te ocurre algo?» —interpeló su madre—. «Pareces angustiado hijo».

   —Buenos días. No, no mamá: solo que hay cambios de plan.

   —¿Cómo dices?…, ¿no iremos de viaje?

   —Eso es mamá…, o mejor dicho, no a donde teníamos pensado.

   —Pero… ¿por qué?…, si es que se puede saber, claro.

   —Déjalo, mamá: no insistas…, es largo de explicar y aún más difícil de entender. ¡Digamos, que he tenido un mal sueño!…

El resto de los allí reunidos se miraron unos a otros y encogiéndose de hombros permanecieron en silencio: esperando conocer el itinerario de la nueva ruta.

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El Brebaje…

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 Escrito el día 6 de mayo de 2011 a la (s) 20:30

Hace unos días, me encontraba tan cansado que decidí tomarme algo que hace tiempo me dijeron que era milagroso. Se trataba de un brebaje que no recuerdo la composición, este era de un sabor bastante agradable y, además, era capaz de eliminar el cansancio acumulado, según me habían informado unos amigos…

Al día siguiente:

Como todos los días…, me fui al trabajo y al llegar junto a mis compañeros: «Buenos días» —les dije como siempre—. Ellos ni siquiera me saludaron, volví a insistir, y cuál no sería mi sorpresa al comprobar que no me contestaron. Entonces decidí seguir con mi tarea, y me hice a la idea de que ese día quizás no tenían ganas de hablar. «¡Joder, que día  más raro que tienen hoy!», pensé.

En fin, lo volví a asumir sin más. Y, por la tarde, cuando salí del trabajo me dirigí al centro donde estaba cursando lo de la (E.S.P.A.) Educación Secundaria Para Adultos.

Normalmente, cuando entro en clase no saludo para evitar que se corte el ritmo de la clase. Pero ese día rompí la rutina y cuál no sería mi sorpresa al comprobar que nadie me respondió. Entonces mi cabeza, como no podía ser de otra manera, comenzó a hacerse preguntas: «¿Me habré hecho invisible?, ¿se habrán  puesto todos de acuerdo, para no saludarme?, ¿estaré muerto?».

EL caso es que seguí así durante algún tiempo y al regresar a casa, la primera persona con la que me encontré fue  mi esposa:

   —¿Qué te pasa ahora?

Me quedé mirándola…

   —¿Qué modales son esos? —me dijo ella—, al menos, cuando uno se  levanta de la cama, lo normal es dar un beso y los buenos días  a la persona con quién compartes tu vida.

Yo seguía extrañado y no entendía nada.

Entonces ella me dijo:

   —¿Qué tal el brebaje que te bebiste?, aparte de dormirte,  ¿te ha sentado mal?

Fue entonces cuando comprendí, que todo había sido un mal sueño.

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