Capítulo IV, 3ª parte del último episodio de Vidas Truncadas

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franizquiero|Vidas Truncadas

 

   En la puerta de entrada al cementerio, Teresa notó que el corazón se aceleraba, que el abrigo le sobraba y aligeró el paso para llegar cuanto antes a la galería Nº 3 y, a través de esta, continuó su camino y, al tiempo que extrajo un paquete de pañuelos del bolsillo del abrigo, con la mirada buscó, en la segunda fila, la posición exacta donde yacen los restos mortales de Manuela, José y Antonio.

   Apenas faltan un par de metros cuando tímidamente comenzó a hacerse notar, al igual que lo hacen las gotas de rocío, las primeras lágrimas; pero esta vez, no eran de dolor, sino por la felicidad que le producía el reencuentro. Con el paso de los años, Teresa ha podido comprobar que el tiempo y solo él tiene capacidad de hacer que el dolor se suavice y convierta en algo llevadero.

   «Aquí me tienes de nuevo cariño mío, ¿creíste que te podrías librar de mí, así sin más? Y no será porque no te lo dije infinidad de veces: que tú y solo tú eras y serías el único amor de mi vida» — dijo sin decir nada, mientras pasaba el pañuelo sobre la pulcra lápida y las fotografías y, a continuación, dando reiterados besos a las imágenes, comenzó a emitir con voz sorda todas las oraciones que había aprendido durante su infancia en el colegio de monjas. Al término de estas, retiró, de entre el exuberante ramo de flores artificiales, la marchita y quebradiza rosa dejada por ella misma, unos meses atrás. El hecho de que los familiares de Antonio la dejen allí hasta ser reemplazada por ella es algo que la hacía sentir bien, además de querida y respetada; aunque desde el instante en que abandonó el sepelio, sin decirles nada, perdió el interés de volver a comunicarse con cualquiera de ellos. En cambio, al que sí visita cada vez que regresa a Plasencia era a Evaristo, ya que este se había trasladado a «vivir» junto a sus vecinos un par de meses después de que lo hiciese Antonio, justo el día de San Fulgencio, el patrón de Plasencia.

   «Bueno, cariño mío. Muy a mi pesar, me tengo que marchar; pero ya sabes que, el autocar al igual que el tiempo siguen su rumbo sin detenerse por nadie» —dijo, y cumpliendo con el protocolo familiar de encuentros y despedidas, condujo sus pasos hacia la salida del Campo Santo.

   Al llegar a la altura del «Arroyo Niebla», giró hacia la derecha y prosiguió con su vuelta hacia la estación de autobuses a través del paseo que comunica el remodelado y cuidado paraje del Cachón y por el reestructurado y bellísimo lugar de esparcimiento por excelencia desde tiempos inmemoriales de la Isla y, al cruzar el puente del río chico, se giró para recorrer con la mirada cada rincón:

   —Hay que ver lo cambiada que está la ciudad —se dijo para sí misma, al tiempo que reanudaba la marcha.

   Diez metros más adelante se detuvo, y, mirando hacia a ambos lados de la travesía de la N-110, tras comprobar que no circula ningún vehículo, accedió a la estación sin importarle que por esa zona estuviese restringido el tránsito de peatones, ya que consideró absurdo el tener que recorrer la distancia que mediaba entre ella y el acceso principal.

   Estando junto al andén, comprobó la hora en su reloj y, en vista de que aún falta media hora para su partida, se acercó a una máquina expendedora, introdujo el importe exacto, pulsó el botón que se correspondía con el botellín de agua y decidió sentarse en uno de los bancos hasta que apareciese el autocar que la trasladaría a su ciudad natal.

   Diez minutos después, din, don, din… din don dín…: «Señores pasajeros, el coche procedente de Sevilla y con destino a Salamanca va a efectuar su entrada en la estación. Así mismo, se comunica a todos los pasajeros que dicho autocar permanecerá estacionado durante quince minutos antes de proseguir con su recorrido».

   Teresa se puso en pie, caminó hacia la máquina de refrescos y sacó una botella de agua para el viaje, a la vuelta, accedió al interior del autobús, se desprendió del abrigo y se acomodó sobre el asiento asignado y, tan puntual como el «Abuelo Mayorga», el conductor accionó el botón de abrir y cerrar las puertas, comprobó por los retrovisores y efectuó la maniobra para continuar con su itinerario.

   Nada más incorporarse a la A-66, Teresa recurrió a algo que se había convertido en habitual cuando se hacía presente el tedio: recordar todas aquellas historias que en su día le contó Antonio y revivir aquellos momentos que ambos compartieron, sin necesidad de tener que suprimir el triste final.

   Sumergida en sus pensamientos llegó a Salamanca sin ser consciente del paso del tiempo ni de los kilómetros recorridos. Al apearse del autocar notó el brusco cambio de temperatura y, subiéndose la bufanda hasta taparse la nariz, comenzó a caminar hacia su casa, erguida y pletórica «Tengo las pilas recargadas hasta la próxima cita, el 1 de noviembre de 2014, si Dios quiere», pensó.

   «La vida en sí, no es más que un espacio de tiempo que independientemente de lo corto, largo, divertido o tedioso que nos pueda resultar: en realidad este no deja de ser efímero», pienso.

Fin

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Capítulo IV, 2ª parte del episodio 1 de Vidas Truncadas

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franizquiero|Vidas Truncadas

 

 

   —¡Ah!, Fíjese usted si se me ha pasado rápido el tiempo, que ni siquiera me he dado cuenta de que estábamos en Plasencia… ¿mm?

   —Carmen, me llamo Carmen.

   —Mucho gusto, encantada de conocerla, yo Teresa —dijo acercándose para darle un par besos.

   —Igualmente, maja y que tenga, usté, un güen regreso.

   Se abrieron las puertas del autocar y al bajar, Carmen es recibida por unos familiares, Teresa camina hacia las escaleras que conducen hasta la entrada principal. Al ascender al último peldaño miró el reloj que está justo por encima de la puerta principal

   —Joder, las dos y veinticinco, ya —se dice para sí misma, al tiempo que condujo sus pasos hacia la cafetería y, tras desprenderse del clásico abrigo de paño azul, se acomodó en una de las mesas.

   —Hola buenos días —saludó el camarero—, ¿qué va usted a tomar?

   —Hola, tomaré el menú del día.

   —¿Y para beber? —preguntó de nuevo, al tiempo que la entregaba un folleto con las opciones a elegir.

   —Un par de botellines de agua, a ser posible, sin refrigerar.

   Unos minutos después, acudió el camarero con la bebida y un cestillo con pan.

   —¿Ha decidido ya, la señora?

   —Sí, tomaré lentejas estofadas, filete de ternera con patatas y de postre una manzana.

   Media hora después, se levanta y dirige hacía el mostrador y elevando su mano en alto para llamar la atención del camarero.

   —Por favor, cuando pueda, me ponga un café con un poco de leche templada.

   Unos minutos después.

   —Aquí tiene su café, señora.

   —¿Me dice usted que le debo?

   —Doce euros con cincuenta.

  Teresa introdujo la mano en el negro bolso de mano, sacó un monedero de piel, descorrió la cremallera, extrajo un billete de diez junto a tres monedas de euro y se los entregó en mano.

   —Quédese con el cambio.

   —Muchas gracias, señora.

   Al salir de la estación, bajó las escalerillas agarrándose a la barandilla metálica y, una vez en la acera, se giró hacia la derecha y se dirigió hacia el taxi que estaba estacionado bajo la marquesina, en primera posición.

   —Hola, buenas tardes —saludó al tiempo que abría la puerta trasera y se acomodaba en el asiento de atrás.

   —Hola, ¿a dónde la llevo?

   —A la floristería que está en Santa Teresa.

   Siete minutos después.

   —¿Qué le debo?

   —Seis euros.

   Se bajó del taxi, rebuscó entre la calderilla del monedero, le entregó las seis monedas al tiempo que se despedía de él y se adentró en la floristería.

   —Hola buenas tardes —saludó Teresa.

   El rostro del dependiente adquirió un tono entre alegre y sorpresivo.

   —¡Hombre! ¿Qué tal? ¿Ya está usted de vuelta?

   Teresa sonrió.

   —Sí, aquí estamos, hijo, para no perder la costumbre.

   El joven salió de detrás del mostrador para darle un par de besos.

   —Lo de siempre, ¿verdad? Ella asintió

   —Sí, eso mismo.

   —Hay que ver lo de prisa que corre el tiempo, ¿verdad?

   —A mí, me lo vas a decir, hijo. Que apenas andabas cuando te ví por primera vez y ya estás echo todo un hombre.

   —Bueno, pues aquí tiene usted su encargo.

   —Déjame un bolígrafo, por favor.

   «Con todo mi cariño para ti» —escribió sobre la nota que pendía de la perfumada y roja rosa, el mismo mensaje que años atrás escribiese de puño y letra Antonio, sobre la nota que portaba aquella rosa roja de trapo que le regaló y que aún conservaba en casa como oro en paño.

   —Ricardo, ¿qué te debo, hijo?

   —Nada señora, Teresa.  Esta vez le invita la casa, tómeselo como un premio por su lealtad y constancia.

   —Muchas gracias por el detalle hijo, ¡que tal y como están los tiempos que corren!, no estamos para andar derrochando… No sé hasta dónde vamos a llegar…  desde que nos cambiaron al dichoso euro, nada ha vuelto a ser igual: al final, va ser cierto eso de que «más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer». Esto de la democracia nos va a perjudicar a los que menos tenemos, como siempre: para que no perdamos la costumbre…

   —No se preocupe usted por nada, mujer, y muchísimas gracias por seguir visitándonos.

   —Bueno, hijo, no te entretengo más. Dales muchos recuerdos a tus padres.

   —Se los daré de su parte, adiós, señora Teresa, adiós.

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Capítulo IV, 1ª parte del episodio 1 de Vidas Truncadas

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14 de febrero de 2014

   Al llegar junto a la esquina del edificio, Teresa percibió una puñalada en su rostro e instintivamente miró hacia el verde y animado letrero de neón que estaba situado justo al lado de la puerta de la farmacia, a unos tres metros de altura. Al ver que los intermitentes dígitos indicaban que eran las once y cinco de la mañana y que la temperatura era -3 ºC, al observar el halo que dejaba el vaho que expelía por la boca y al exhalar el aire de sus pulmones, percibió cómo un escalofrío se apoderaba de todo su ser, se subió la bufanda hasta cubrirse la nariz y continuó caminando hasta llegar a la cafetería que está en el interior de la Estación de Autobuses de Salamanca:

   —Hola buenos días —dijo al llegar junto al mostrador—. Me ponga un café con leche y un par de magdalenas, por favor.

   En otros tiempos hubiese encendido un cigarrillo después de desayunar, pero desde que regresó a Salamanca, tras el fallecimiento de Antonio, eran muchos los hábitos que había abandonado.

   —Me dice que le debo, por favor —instó al cabo de un rato.

   —Dos euros con cincuenta —informó el joven camarero.

   Teresa rebuscó en el negro bolso de mano, depositó el importe exacto sobre el mostrador, se despidió del camarero y condujo sus pasos hacia los aseos. Tras echar el cerrojo de la puerta, buscó el rollo de papel y cortó un generoso trozo para limpiar la taza del váter, se sentó sobre esta para liberar la vejiga y, un poco después, mientras se lavaba las manos se miró al espejo.

   —Hay que ver lo que cambian las cosas y las personas con el paso del tiempo —se dijo para sí misma, al verse reflejada en aquella mujer de pelo corto y plateado, con el rostro como recién lavado y aquellas arrugas que no son capaces de menoscabar su innata belleza. «Bueno, no estaré tan mal cuando todavía se paran a mirarme», pensó, mientras se dirigía hacia la ventanilla expendedora de billetes de la Agencia de Viajes Alsa:

   —Hola buenos días, ida y vuelta para Plasencia, por favor.

   —¿Para cuándo lo quiere usted?

   —Para hoy mismo, en el primero que salga.

   —Para la ida, tiene usted uno que sale ahora en quince minutos, y para el regreso dispone de dos opciones, bien en el de las seis y cuarto o bien en el de las siete y media.

   —Prefiero la segunda opción.

   —Aquí tiene usted, son dieciocho euros con veinticuatro céntimos.

   Entregó en mano un billete de veinte euros y, tras recoger el cambio y despedirse, dirigió sus pasos hacia el andén de partida. Un par de minutos después efectuó su llegada un moderno, colorido y vistoso autocar y, seguidamente, los ocupantes se bajaron para estirar las piernas unos y otros para liberar la presión de sus vejigas.

   —Salimos en diez minutos, les ruego que no se demoren, por favor —indicó el conductor.

   A su regreso, tras abrir el acceso a los viajeros, Teresa buscó el asiento que le correspondía. Se quitó el abrigo, lo dobló con cuidado y, tras depositarlo sobre el portaobjetos que está justo encima de su asiento:

   —¿Me permite pasar señora? —dijo a modo de saludo.

   —Si la da iguá me pongo yo al lao de la ventana —sugirió la oronda anciana.

   Teresa esbozó una sonrisa.

   —No se preocupe usted, por mí no hay inconveniente.

   —Gracias, hija.

   —¿Estamos todos? —preguntó el conductor, y, al entender que el silencio era indicativo de afirmación, accionó el mando de abrir y cerrar las puertas, comprobó, a través de los retrovisores, que el radio de acción estaba libre de peligros y prosiguió con su ruta habitual.

   —¿Va, usté, a Plasencia? —preguntó la anciana con la intención de romper el silencio.

   —Sí, voy a visitar a mi gran amor.

   —Yo soy plasenciana sabe usté, yo no estoy acostumbrá a viajá y me pongo de los nervios… ahora vengo de pasá un mes en la casa de m’hijo, que vive en Miranda de Ebro… ¿A a su amó m’ha dicho, usté?, ¿en toavía no s’ha casao, usté, con lo saños que tiene?

   —Bueno, en realidad, más que ver, voy a visitarlo, ya que él falleció hace tiempo.

   —Cuanto lo siento mujé…, la soledá es mu mala…, el mi hombre tamién me se muruió hace más de vente años, después de una larga enfermedá… Me imagino que l’habrá pasao, usté, mu má, ¿verdá?

   —Sí, la verdad es que cuando regresé junto a mi madre, lo pasé verdaderamente mal, estuve a punto incluso de quitarme la vida. Caí en una depresión, que de no haber sido por Arturo y mi madre estoy convencida de que usted y yo no habríamos coincidido en este autocar.  Pero afortunadamente para mí, logré salir de aquel infierno y desde entonces, todos los años por el día de San Valentín y el de Todos los Santos regreso para reencontrarme con él.

   »También he de reconocer que si he podido llegar hasta el día de hoy, y en las condiciones que he llegado, ha sido precisamente debido a los sacrificios y también, gracias a que un conocido de mi madre intercedió por mí y pude conseguir una vacante de limpiadora en un colegio y fregando me he ganado el sustento hasta hace dieciséis meses, que son los que llevo jubilada.  ¡Hay que ver! lo rápido que pasa el tiempo…, ya han pasado cinco años desde que murió mi querida madre y ocho desde que lo hizo Arturo.

   —Sí, asín es la vida… pa cuando te quieres da de cuenta estamos hechos un changarro y no valemos pa na.

   —Din, don, din… din don dín…: «Señores pasajeros, el coche procedente de Salamanca y con destino a Sevilla va a efectuar su entrada en la estación… Se comunica que permanecerá estacionado durante quince minutos antes de proseguir con su recorrido» — informó una voz agradable y femenina. El mensaje expresado por megafonía agilizó la regresión de su abstracción pasajera.

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Capítulo III, 9ª parte del episodio 18 de Vidas Truncadas

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17 de noviembre de 1996

   Los de la funeraria se hicieron presentes en la sala mortuoria, a eso de las cuatro de la tarde, y una vez introducido el cuerpo en el féretro le trasladaron hasta la capilla de Nuestra Señora de La Esperanza, sita dentro de las instalaciones del IB (Instituto de Bachillerato) Gabriel y Galán, que, por aquel entonces, era la parroquia asignada al barrio de la Data. La masiva afluencia de personal desbordó la capilla y los aledaños del recinto, acudieron al sepelio para darle su último adiós, además de todos los vecinos de la Data, amigos y conocidos de los barrios de Procasa, Miralvalle, El Pilar y de los aledaños de la Plaza Mayor. Finalizado el acto religioso, a duras penas e intentando abrirse paso entre la multitud, tras descender por los cuatro, amplios y pétreos peldaños que separaban el vehículo fúnebre de las instalaciones lograron introducir el féretro, las cosas se complicaron aún más a la hora de intentar colocar la infinidad de coronas y ramos de flores que se habían ido sumando. La comitiva fúnebre transcurrió lentamente a través del tramo de carretera N-630, que por aquel entonces dividía en dos prácticamente la ciudad.

   Al llegar al Cementerio de Santa Teresa, el sacerdote les estaba esperando a las puertas y, acto seguido, condujeron sus pasos hasta una de las galerías que estaba situada a mano derecha del Campo Santo. Los hermanos de Antonio habían acordado enterrarle en el mismo nicho que ocupaban sus progenitores. El sacerdote decidió posponer la inhumación durante unos minutos, con el fin de que estuviesen presentes todos aquellos que se habían desplazado hasta el lugar para despedir al finado.

   Realizando el albañil los últimos retoques del sellado del nicho: —Bueno, al menos aquí no le volverán a dejá solo nunca más —murmuró uno de los hermanos. Teresa desapareció caminando con paso firme y rota de dolor, sin que nadie se percatase: aquellas palabras las sintió como una puñalada en su dolorido corazón.

   Al llegar a la parada de la línea 1, a pesar de que tan solo eran las seis y cuarto, había anochecido.

   Una vez en casa, lo primero que hizo fue darse una buena ducha, allí bajo la húmeda, tibia y reconfortante cortina de agua dejó que sus lágrimas se entremezclasen con la espuma al recordar que se había quedado totalmente sola, después de secarse el cuerpo, y el cabello con un secador, condujo sus pasos hasta su habitación y se vistió con ropas cómodas e instintivamente se introdujo en el dormitorio utilizado por Antonio, sus lágrimas corrían por sus mejillas mientras retiraba las sábanas y la funda de la almohada para depositarlas en el cesto de la ropa sucia, después, abrió el armario y extrajo un juego completo de sábanas, rehízo la cama y adecentó el dormitorio. Unos minutos después, entró en la cocina y calentó, en un cazo, un poco de leche para tomarse un tranquilizante que horas antes le había sido suministrado en el centro hospitalario y, sin más, se metió en la cama a eso de las ocho.

   Doce horas después, Teresa se levantó sobresaltada y confusa, con la sensación de que todo podía haber sido una aterradora y desagradable pesadilla. De un salto se puso en pie y corrió hasta el dormitorio contiguo, pero al abrir la puerta y comprobar la ausencia de Antonio y que todo estaba ordenado volvió en sí y de nuevo se derrumbó por completo…, aún con lágrimas en los ojos se dirigió hasta el salón, cogió una silla y regresó a su dormitorio, la situó junto al armario y se subió sobre esta y agarrando una maleta en cada mano se bajó, con sumo cuidado, de la silla y las depositó sobre la cama. Abrió el armario de par en par y comenzó a traspasar tan solo aquellas prendas que consideró imprescindibles. Tras desayunar y fregar los utensilios utilizados, se introdujo en el cuarto de baño se aseó y atusó un poco el pelo, comprobó que todas las luces estaban apagadas y que los grifos estaban cerrados, se acercó hasta el mueble del salón para recoger el primer regalo que le hizo en su día Antonio y tras recorrer con la mirada cada rincón del hogar, despidiéndose de él para sus adentros, salió de este, introdujo la llave en la cerradura dio un par de vueltas; tras enjugarse con un pañuelo de papel las lágrimas que habían brotado de nuevo, pulsó un par de veces con suavidad sobre el timbre de la puerta de enfrente:

   —Ya, vaaa —respondió Evaristo.

   Abrió la puerta y se quedó atónito y sin palabras al contemplar la escena.

   —Buenos días, señor Evaristo, ¿podría usted hacerme un último favor?

   —Sí, hija mía, uno y tos los que t’hagan farta, hija, ya lo sabes…   —respondió sin salir de su asombro.

   —Necesito hacer una llamada… Me marcho de aquí.

   —¿Y cómo asín, hija?

   —Sin Antonio no tiene sentido que yo siga viviendo aquí ni en Plasencia. Y, si a usted no le sirve de molestia, me gustaría que se haga cargo de las llaves del piso y se las entregue a cualquiera de sus hermanos.

   —Cuenta con ello hija, ya sabes que to aquello que esté en mis manos pués contá con ello —expresó visiblemente emocionado.

   —Bueno, señor Evaristo…, en primer lugar, agradecerle por lo amble y atento que siempre se ha mostrado con nosotros y…

   —Espera hija, que t’ayúo a bajá las maletas —indicó al tiempo que tiró del pomo de la puerta hacia él.

   Unos minutos después de llegar al portal apareció el taxi en la plazuela, ambos se agacharon para asir las maletas y se situaron a pie de calle. El taxista se bajó del vehículo y, tras saludarles, abrió el maletero y él mismo introdujo el equipaje mientras que ellos se fundían en un fuerte abrazo:

   —Muchas gracias por todo y cuídese usted mucho —dijo sin poder evitar que las lágrimas se hiciesen presentes.

   —Lo mismo te digo, hija mía, y, le rogaré al Señor, pa que te de suerte —articuló conmovido por la situación.

   El taxi emprendió el rumbo, Evaristo se quedó en mitad de la plazuela, despidiéndose agitando la mano en alto hasta que les perdió de vista.

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Capítulo III, 7ª parte del episodio 18 de Vidas Truncadas

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16 de noviembre de 1996, a primeras horas del día.

   El edificio comenzó con su cotidianidad, el trasiego de los empleados que comenzaban o terminaban la jornada laboral coincidían por los corredores con el personal ajeno que acudían a las consultas, a realizarse alguna prueba o sencillamente una extracción de sangre. Los ascensores subían y bajaban frenéticamente cargados de personal.

   —Son las nueve y media, habrá que hacer por la vida, ¿no? —sugirió Azucena.

   —¿Cómo dices hermana?

   —Qué habrá que subir a desayunar —repitió, al levantarse del sillón.

   —Sí, tienes razón —dijo poniéndose en pie Manuel.

   —¿No vienes, Teresa? —consultó Azucena.

   —No, no. Me quedaré aquí por si acaso, ya subiré cuando vosotros regreséis.

   A eso de las diez, comenzaron a hacerse visibles algunos familiares.

   —Buenos días, Teresa, ¿qué tal s’ha pasao la noche, hija? —inquirió al tiempo que la daba dos besos, Evaristo, el vecino de enfrente.

   —Pues, ya se puede imaginar usted, nosotros, dentro de lo que cabe, bien, en cuanto a Antonio, la verdad es que desde ayer no hemos vuelto a tener noticias.

   —Hay que armarse de pacencia hija, en estos sitios, se sabe cuándo uno viene, pero no cuándo uno va a regresá.

   —¿Ande están Manue y Azucena? —preguntó uno de los primos de Antonio.

   —Han subido a cafetería —respondió a penas en un susurro, Teresa.

   —¿Teresa, has desayunao? —indagó Evaristo.

   —No, aún no. Estoy esperando a que ellos vuelvan por si…

   —D’eso ni hablá, hija. ¡Vamos!, acompáñame: que porque tú no comas el Antonio no se va a poné mejó, y, por si pasa argo, ya están aquí estos —indicó, al tiempo que señalaba con el mentón hacia los familiares presentes.

   La mañana continuaba su ritmo sin prisa, pero sin pausas para ella misma, y angustiosa y desesperante para los amigos y familiares de Antonio, hasta que a las doce en punto vieron salir al Dr. García y observaron como este les hacía un gesto invitándoles a acercarse y sin poder contenerse acudieron en tropel:

   —¿Qué ocurre?, ¿qué pasa?, ¿cá pasao? ¿s’ha muerto? ¿cómo está? —preguntaban angustiados y desconcertados unos y otros.

   —Silencio, por favor —indicó el Doctor—. Sí me lo permiten y son ustedes tan amables, me gustaría que solo entrasen los más allegados, Antonio aún está con vida —informó antes de invitarles a pasar al interior de la sala de juntas.

   —El motivo de mi presencia se debe a que durante la noche han surgido algunas complicaciones. La enfermedad ha alcanzado el nivel IV y hemos tenido que cambiar la medicación siguiendo las pautas según el patrón estandarizado para esta patología. Cuando accedan a visitarle podrán observar que hemos elevado la cabecera de la cama 30 grados y que, sobre su cabeza, hay una bolsa de hielo envuelta en una toalla blanca, con el fin de bajarle la fiebre y la hiperemia cerebral, ya que en la actualidad está cursando un edema cerebral…

   —¿Eso quiere decir que…? —interpeló Teresa.

   —Lo que ustedes ya saben: nosotros hacemos todo cuanto está en nuestras manos; todo lo demás, depende únicamente del tiempo, del destino, y que mientras hay vida, la esperanza es lo último que se ha de perder.

   —Gracias doctor, por la información y por ser usted una persona tan cercana.

   —No es necesario el agradecimiento, mi profesión requiere de implicación y mucho respeto tanto para con los pacientes como para sus amigos y familiares.

   —De todas maneras, muchas Gracias doctor, por ser usted como es —insistió Teresa, antes de que todos abandonasen la sala.

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